• La esencia de las rosas de Marruecos

    rosas

    Sólo en aquellos cuentos en los que, por obra y gracia de genios que habitan en lámparas maravillosas, los desiertos se transforman en floridos oasis, la imaginación desbordada del ser humano podría ensoñar el aroma embriagador de las rosas salvajes.

    Sin embargo, ese lugar existe y todo aquel que viaja a Marruecos conoce ese olor, que en las tiendas de los perfumeros del bazar y las medinas, entre sorbos de té de menta y conversaciones trascendentes e intrascendentes sobre lo divino y lo personal, la maestría del vendedor ofrece a nuestras narices aficionadas con la ayuda de un palito, que captura la esencia de los botes acristalados de sus polvorientas estanterías.

    Es el aroma del Valle de las Rosas, en mitad de la Ruta de las Kasbas, en ese pueblo de Kelaat M’Gouna, donde se encuentra la hondonada más aromática de Marruecos. Sobre una superficie de unos 30 kilómetros de extensión, las rosas salvajes son cultivadas, cuidadas, recolectadas, mimadas, secadas y trabajadas por las manos cariñosas de las mujeres de la zona.

    Cuentan las mentes más calenturientas que las salvajes rosas de Marruecos llegaron desde La Meca, portadas en los zurrones y talegas que llevaban los peregrinos que regresaban de tierra santa. Las semillas, a su aire, desprendidas de las bolsas, desperdigadas, dispersadas por el azar y los vientos, acabaron por arraigar en las fértiles tierras cercanas al Atlas.

    Hoy constituyen la base pura de un buen montón de aceites esenciales y de perfumes embriagadores. Pregunta en el bazar y huele.

    Imagen en Creative Commons or Public Domain: Flickr/Alex E. Proimos

    Ana Pérez
    Ana Pérez
    Ha estudiado en distintos países y en varias lenguas, lo que ha marcado su carácter y ensanchado sus miras. Desde hace unos años orbita en la blogsfera como editora de contenidos.

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