
Es el pulmón verde de la capital de España y hablamos de 118 hectáreas de jardines en pleno centro de Madrid. Un espacio lleno de vida y alegría que le prestan los madrileños, paseantes, artistas callejeros, deportistas de ciudad, visitantes curiosos, pitonisas de tarot, esculturas vivientes, remeros de estanque, estudiantes enamorados…
A la vez, pasear por su extensa plenitud resulta una experiencia muy enriquecedora, no sólo desde el punto de vista de la botánica, también desde una visión meramente artística que nos acerca a la realidad arquitectónica y plástica de Madrid a través de los siglos.
No obstante, para desbrozar su historia debemos remontarnos hasta tiempos del Conde-duque de Olivares, quien regaló a Felipe IV estos terrenos para que sirvieran de esparcimiento a la España cortesana. Corría la primera mitad del siglo XVII y desde entonces el espacio fue sometido a muy diversas reestructuraciones, que dieron como resultado algunas joyas, como el Teatro del Buen Retiro, en el que estrenaron dramaturgos como Lope de Vega o Calderón de la Barca.
A partir de ese momento, digamos que cada monarca dejó su impronta: El parterre de Felipe V, la Real Fábrica de Porcelana de Carlos III, el Observatorio Astronómico de Carlos IV…
Carlos III decidió permitir la entrada a los madrileños, bajo la condición de que fuesen limpios, bien vestidos y se comportaran higiénicamente. Sólo dos décadas después la invasión napoleónica dejó las instalaciones casi arrasadas, ya que las tropas del emperador tomaron el sitio como fortificación.
Los reyes posteriores volvieron a edificar y siempre permitieron que alguna zona fuese de tránsito público, pero no fue hasta la Revolución de 1868 que el parque pasó a ser de propiedad municipal y quedó definitiva y completamente abierto al público.
Hoy disfrutar un domingo de las representaciones de títeres y marionetas o pasear en barca por su estanque es una actividad más que agradable.
Imagen en Creative Commons or Public Domain: Flickr/Olivier Bruchez